Historia de la EPOC
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Como
bien nos relata el Dr. Sauret en su libro “EPOC: un viaje
a través del tiempo”, cuando nos preguntamos acerca
de si nuestros antepasados en la Antigüedad padecieron bronconeumopatías
obstructivas crónicas similares a las que hoy por hoy afectan
a millones de personas, nos resulta una cuestión muy difícil
de responder. Si tenemos en cuenta los principales factores causales,
el tabaco y la polución, responsables del aumento de la enfermedad
en la segunda mitad de siglo XX, resulta bastante obvio que dichos
factores no existían en esas épocas remotas. Sin embargo,
si nos adentramos en la historia de la humanidad, encontramos datos
de cómo en los pulmones de momias egipcias se han aislado
partículas de carbón típicas de la antracosis,
atribuidas a la inhalación del humo de las hogueras de leña
en chozas primitivas con precaria ventilación. Otros individuos
presentan lesiones silicóticas, probablemente secundarias
a la inhalación permanente del polvo de arena durante los
trabajos de construcción de los monumentos faraónicos,
y quizás también por las frecuentes tormentas del
desierto.
En los escritos de Hipócrates aparecen referencias sobre
determinadas enfermedades respiratorias, por ejemplo, el término
enfisema (de emphysao, soplar dentro) que se empleó inicialmente
para designar la presencia de aire dentro de los tejidos. Sin embargo,
en la literatura médica no se utiliza el término “bronquitis”
hasta finales del siglo XVIII.
Al mismo tiempo que haremos un repaso en el tiempo del concepto
de la EPOC, veremos como se ha ido avanzando en su tratamiento.
De hecho, con Hipócrates se inicia la terapia inhalatoria
mediante fumigaciones, como remedio a las distintas afecciones respiratorias.
Se empleaba una vasija herméticamente cerrada y tapada en
su parte superior por un lienzo, por el que se hacía pasar
un tubo que conducía los vapores medicinales hasta la boca
abierta del enfermo. Las inhalaciones balsámicas, con un
sistema parecido, se practicaban ya en el antiguo Egipto.
El descubrimiento del Nuevo Mundo influiría sin duda alguna
en el avance de la medicina. No deja de ser anecdótico hoy
en día, observar como en el siglo XVI, a modo de legado de
los indios de las Américas, se utilizaba el tabaco como fármaco
expectorante en forma de jarabes y emplastos.
No es hasta el siglo XVII y en base a los estudios derivados de
autopsias, cuando se conocen las entidades que actualmente denominamos
con el término EPOC. Sin embargo, hay que esperar a finales
del siglo XVIII, cuando Laennec, ilustre médico francés,
establece la diferencia entre bronquitis y enfisema. Se describen
también como síntomas típicos de éstos
procesos pulmonares la tos, la expectoración y la disnea.
Laénnec con todos estos hallazgos, había establecido
las bases de la futura especialidad de neumología.
En
1789 Antoine L. Lavoisier descubre y da nombre al oxígeno
y se llevan a cabo sus primeras aplicaciones terapéuticas.
También introduce el término espirometría (medida
del aliento o la respiración).
Posteriormente
se desarrolló el método auscultatorio como base para
el estudio y diagnóstico de éstas enfermedades. El
estetoscopio antecesor del actual fonendoscopio, nació fruto
del puritarismo de un joven médico parisino. H. T. Laénnec,
y casi por azar. Cuenta la historia que le llamaron una mañana
de 1816 para atender a una mujer con problemas respiratorios. La
toma del pulso se revelaba insuficiente para realizar un diagnóstico,
y Laénnec, de familia religiosa e ideas conservadoras, no
se atrevía a auscultar a la paciente. Sin embargo, recordó
haber visto a unos niños que jugaban poniendo el oído
en el extremo de una viga para escuchar los sonidos que hacía
un alfiler que se frotaba desde el otro extremo. Entonces, cogió
una hoja de papel, la enrolló y la puso sobre el pecho de
la paciente, escuchando claramente los ruidos respiratorios que
le facilitaron el diagnóstico de la enfermedad.
El
invento del espirómetro se atribuye a Jonh Hutchinson (1811-1861),
aunque otros investigadores, antes y después de él,
han contribuido al desarrollo de la espirometría.
En 1829, Schneider y Waltz desarrollaron y construyeron el primer
aparato pulverizador capaz de generar una “lluvia menuda”
o “niebla” de partículas en suspensión.
Sales-Giron,
médico del balneario de Perrefonds les Bains, construyó
en 1856 un pulverizador de líquidos de tamaño reducido,
para la aplicación en domicilio de inhalaciones de infusiones
balsámicas y antisépticas, una variante es la cámara
de Siegle.
Pocas novedades se aportaron en el conocimiento de la EPOC en la
primera mitad del siglo XX, de hecho el protagonismo fundamental
lo acaparaba en esa época la tuberculosis; es por ello que
los primeros neumólogos se denominaban tisiólogos
(tuberculosis: tisis). Sin embargo, poco a poco la bronquitis se
convertiría en la enfermedad más frecuente. Sólo
unos pocos se percataron de que el tabaco, al que llamaron la “peste
azul”, era una causa perjudicial para el aparato respiratorio
y por tanto, de nefastas consecuencias para la salud en general.
La oxigenoterapia no se convirtió en medida terapéutica
habitual hasta después de la Primera Guerra Mundial, tras
los conocimientos adquiridos en los gaseados.
También a principios del siglo XX se avanzaba en el terreno
terapéutico y se recomendaban curas en los balnearios y cambio
de clima para evitar la aparición de los catarros. Se insistía
en la dieta para evitar la obesidad que con frecuencia acompañaba
a los pacientes que padecían bronquitis. Los fármacos
expectorantes y balsámicos eran la pieza estrella en el tratamiento.
P. Ehrlich, inició la aplicación del 606 o salvarsán
(arsénico que salva), que fue preconizado como tratamiento
de las agudizaciones infecciosas de las bronquitis crónicas.
También el yodo se usaba como antimicrobiano. Simultáneamente,
por esas fechas, asistimos al desarrollo de la fisioterapia, y se
intentaba la curación o mejoría mediante la práctica
de ejercicios musculares y masajes.
Concretamente,
en 1901, Takamine y Aldrich aislaron la adrenalina de glándulas
adrenales, y se usó por primera vez en el tratamiento del
asma bronquial, mediante nebulización, en 1929. Con el avance
de la industria, poco a poco la terapia inhalatoria fue adquiriendo
mayor papel en el tratamiento de la bronconeumopatía crónica.
Sin embargo, no es hasta el año 1956, con la comercialización
del primer cartucho presurizado para la utilización de epinefrina
e isoproterenol, cuando nace y comienza la verdadera expansión
de la terapia inhalatoria.
En 1917, Chevalier Jackson contribuye, con el desarrollo de la
broncografía, a uno de los mayores avances en el estudio
de las enfermedades broncopulmonares. Este método permitía
dibujar con total exactitud el árbol traqueobronquial. Hasta
la aparición de la Tomografía Axial Computerizada
(TAC) en los años 80 ninguna técnica pudo superar
las ventajas de la broncografía.
La primera gran llamada de atención sobre la EPOC ocurrió
en 1952, cuando una niebla de polución provocó una
epidemia de muertes en Londres en el mes de diciembre. Este acontecimiento
paralizó la ciudad y produjo unas 4.000 muertes en una semana
por asfixia y asma bronquial, sobre todo en personas mayores con
bronquitis crónica y cardiopatías. En esa época,
se llegó a conocer a la bronquitis crónica como la
“enfermedad inglesa”.
En 1955, Dornhorst señaló que podían diferenciarse
perfectamente dos entidades dentro de la misma enfermedad que conducía
a la insuficiencia respiratoria crónica: el enfisema y la
bronquitis crónica. Al paciente con bronquitis crónica
lo denominó “blue bloater” (abotargado azul),
y sus características eran la cianosis, obnubilación,
hematocrito superior al 60%, edemas e hipertrofia cardiaca. Y al
paciente con enfisema, caracterizado por pérdida de peso,
disnea progresiva, hematocrito menor de 55, le llamó “pink
puffer” (o soplador rosado).
Es a mediados del siglo XX, cuando el papel del tabaquismo en el
desarrollo de estas enfermedades cobra progresivamente un mayor
protagonismo, y ya la relación entre tabaco y EPOC se estableció
definitivamente en la década de los sesenta. La primera máquina
de fabricar cigarrillos se construyó en 1965, y la moda del
cigarrillo se expandió en el período entreguerras.
Laurell y Eriksson, en 1963, describieron que la ausencia de la
banda alfa 1-antitripsina estaba ligada a la presencia de enfisema.
Los estudios de Fletcher en 1976 fueron básicos para conocer
la historia natural de la EPOC, y contribuyeron a poner de manifiesto
el papel etiológico que tiene la inhalación de los
productos del humo del tabaco en la génesis de este proceso.
Aunque Barach, en 1919, estableció claramente la utilidad
de la administración de oxígeno en situaciones de
hipoxemia; es sólo a finales de los setenta y principios
de los ochenta en que se obtiene la evidencia científica
de los beneficios a largo plazo de la oxigenoterapia crónica
a domicilio.
En los últimos cincuenta años, la confusión
terminológica ha favorecido poco el conocimiento de la enfermedad
y el abordaje práctico de la misma. En 1958, se reunió
una comisión de expertos británicos en el famoso Symposium
CIBA, trascendente por el impacto de sus conclusiones en cuanto
a propuestas de nomenclaturas. Así, la bronquitis crónica
se definía y diagnosticaba en función de una serie
de criterios clínicos, como un exceso de secreción
de moco, que exigía la presencia de tos con expectoración
tres meses al año durante dos años consecutivos, en
ausencia de otras causas de hipersecreción. El enfisema,
por el contrario, se definía en función de criterios
anatomopatológicos. El término EPOC supone el protagonismo
de la obstrucción al flujo aéreo por encima de la
entidad responsable, ya sea bronquitis o enfisema.
Hay que destacar tres hechos clave en la última década
del siglo XX: por una parte, las sociedades neumológicas
de los países desarrollados ofrecen a los médicos
normativas de tratamiento y diagnóstico de la EPOC para intentar
unificar pautas de actuación en una mejora de la atención
a éstos pacientes. En segundo lugar, trasciende a nivel social
la información sobre los efectos nocivos del tabaco sobre
la salud y su directa relación con las enfermedades pulmonares
crónicas, y por último se incrementan los estudios
sobre el impacto económico y costes sociales de la EPOC.
Es curioso que, a pesar de que la EPOC es una enfermedad muy frecuente,
sus aspectos históricos están poco recogidos en los
tratados neumológicos más consultados. Hemos alcanzado
un nuevo milenio, y con él, el concepto de EPOC sigue evolucionando;
hoy por hoy, se considera que es una enfermedad sistémica
con afectación de diferentes órganos y sistemas del
cuerpo, con alteración del estado general, con modificaciones
en la calidad de vida y con tremendas repercusiones económicas
y sociales. Harán falta nuevas reuniones de consenso y nuevas
recomendaciones para hacer más asequible y práctica
la definición de EPOC en los próximos años.
La historia de esta enfermedad, en consecuencia, se sigue escribiendo.
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